Son muchos los motivos por los que me gusta acercarme a la gente que fluye y compartir mi tiempo con ellos, ya que además de ponerme en bandeja lección tras lección, me elevan a un excelente estado de consciencia y bienestar donde el tiempo, literalmente, vuela. Miguel Escalona es una de esas personas: paciente, dispuesto y sumamente agradable, cualidad que refuerza con esa sonrisa amplia de ojos entornados que evidencia su carácter bonachón. Noble, de gran corazón y campechano. Miguel acompaña, llena ambientes y hace que nunca te sientas solo a su lado.

Han pasado dos años y medio desde la última vez que nos vimos. Desde el día en que nos conocimos, en realidad. Aquella tarde allanamos el adosado de Altorreal donde vivía para conseguir una entrevista llena de detalle y didáctica, caracterizada por grandes reflexiones traducidas en amplios y ejemplares soliloquios con grandes dosis de emoción contagiosa.

Miguel acompaña, llena ambientes y hace que nunca te sientas solo a su lado.

Desde entonces se dirige a mí como Borjita y parece que nos una una extensa amistad, conseguida a base de vivencias, aventuras y valores comunes masticados y compartidos a lo largo de los años. Y no, apenas media jornada de relación es lo que llevamos vivido juntos. Media jornada llena de vivencias, aventuras y valores comunes, masticados y compartidos, eso sí.

Ya habíamos cenado y era una hora poco cómoda para salir de casa a tomar un café, pero me apetecía acomodarme de nuevo frente a él. Me siento sorprendido nuevamente por su cercanía y entusiasmado por saber que tenía ante mí otro rato interesante y tremendamente emocionante por delante. Quería saber si había disfrutado del documental, pero también escuchar sus historias desde la última vez que nos vimos.

Miguel Escalona en un momento del partido contra el Cádiz en el Ramón de Carranza el día del ascenso.
La gente que fluye. | Foto: El Progreso.

La charla pasó por hablar un poco de todo, lo típico: del Barça de Setién, de la vida de compañeros suyos de aquella plantilla, qué hacen, a qué se dedican; de cómo dejó Jumilla para mudarse a Elche y de cómo se encuentra trabajando con Pacheta; de Lugo y del Lugo; de mi vida, de la suya… Fue una hora escasa pero provechosa de idas y venidas que llegó a su fin con un abrazo de despedida.

Como era de esperar, no me decepcionó. En el hall del Gran Hotel he vuelto a reproducir los mismos sentimientos que tuve en Altorreal aquel octubre de 2017. He regresado a aquel jardín trasero donde el anochecer se había hecho un espectador más de nuestra conversación ante la cámara y el fresco nos hacía conscientes de cómo de rápido había pasado la tarde. Mantener una conversación con alguien estando a gusto y que la falta de luz cada vez sea mayor es una de las sensaciones más agradables y confortables que existen.

Fue una hora escasa pero provechosa de idas y venidas que llegó a su fin con un abrazo de despedida.

Es curioso, pero los Héroes del Carranza tienen la habilidad de hacerme saborear el presente con la calma y la lucidez del que está aprovechando el momento, sin que nada de alrededor me perturbe. Son capaces de remover mis recuerdos y hacerlos aflorar de nuevo, de revivir las emociones que sentía entonces: ilusión, agradecimiento, grandes intenciones y un poco de esa ignorancia tan tierna que te dan las primeras aventuras.

Hay que ver como en tres horas puedes conectar tanto con alguien. Pero claro, el haber vuelto a grandes épocas para ambos, vividas evidentemente desde lugares distintos -pero orientadas en la misma dirección-, vincula a la gente de modo espectacular. Y a la gente que fluye, como Miguel, ya ni te cuento.

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